El 23-F de 1981 yo contaba con 18 años de edad. Creo que fue sobre la seis y media de la tarde cuando una amiga de la familia llegó a mi casa y nos dijo que unos terroristas habían asaltado el Congreso de los Diputados. En esos momentos la tele no contaba nada. La radio, tampoco. ¿Qué estaba pasando?
Cayó la noche y no se veía un alma por las calles de mi pueblo. Las emisoras de radio emitían música castrense y un amenazante bando de la Tercera Región Militar. La primera autoridad de esta Comunidad se encontraba en un lugar indeterminado desde donde intervino telefónicamente en la emisora en la que yo comenzaba a colaborar. El director, Adolfo Fernández, se puso al micrófono y lanzaba vivas a la Constitución. Era medianoche y había frío, físico y mental.
El Rey, al que se le esperaba con impaciencia, no comparecía. Al fin salió en televisión. Yo lo ví y lo escuché en un aparato en blanco y negro desde la habitación donde dormía en casa de mi tía. Me dormí después con la incertidumbre del desenlace final de todo aquello.
Al día siguiente me levanté, me arreglé, desayuné, cogí mi Seat 133 y me fui temprano a la emisora. Mi director distribuía el trabajo. A mí me mandó a la sede del Gobierno autonómico, al antiguo Palacio de la Diputación. Desde allí enviaba mis crónicas telefónicas sobre lo que pasaba. Por aquellos despachos rondaba Julio Feo, quien unos meses después sería mano derecha de Felipe González en la Moncloa. Entrevisté a Andrés Hernández Ros, el presidente regional, ya de vuelta en su puesto.
El intento de golpe se vino abajo. Tras ello se preparó la gran manifestación por la democracia que recorrió la Gran Vía de Murcia hasta desembocar en la Glorieta. Hubo unidad y calor humano. Y la intervención final fue leída por mi director, el de los vivas a la Constitución. Todo aquello lo retransmitimos íntegramente en Radiocadena. Estos días lo he recordado con cierta nostalgia. Ha pasado un cuarto de siglo. Fue un 23 de febrero de 1981, cuando yo tenía 18 años y aún creía en los peces de colores.