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La Coctelera

¿Hay crispación en la Región de Murcia?

“… que la libertad de expresión no es algo que esté ahí como está el aire que respiramos o que se dé por añadidura o por gracia o don de nadie. La libertad de expresión es algo que solo existe cuando se ejerce y que se oxida y encoge cuando no se usa. Quiere decirse que uno debe tener el coraje de pensar y de escribir y la voluntad -el único aliciente auténtico lo da la vocación- de abandonar la confortable comodidad que el recto pensamiento ofrece a la mayoría. Y que esto, a veces, tiene un precio”. Jaume Boix. Prólogo del libro Quintacolumnismo, de Arcadi Espada. Espasa, 2003.

Mi región, que es la de Murcia, anda convulsionada en los últimos meses por lo que una parte de la clase política ha dado en llamar crispación. Hay excesiva, mucha, demasiada crispación dicen algunos. A todas horas oímos esa desagradable palabra en boca, principalmente, de aquellos que quieren que las cosas sigan tranquilas, como siempre, sin alborotos ni trapatiesta que las mueva.
Mi región se debate, en estos tiempos, entre dos concepciones de progreso vital. Por una parte está lo que despectivamente unos denominan “la política del ladrillo”; esto es, colmatar los pueblos de urbanizaciones que dupliquen y tripliquen en unos pocos años la población de municipios que, por ejemplo, ahora sólo tienen de media pongamos que unas 15.000 almas. La duda estriba en si ese crecimiento en viviendas -y por ende en habitantes- será sostenible sin crear, a la vez, unos servicios complementarios que permitan a todos vivir dignamente. Es justo reconocer que son muchos los que entienden que esas fuertes apuestas generarían pingües beneficios para sus localidades.
Para los gobernantes, en la mayoría de los casos, no caben dudas y entienden que la palabra de los promotores de tamañas macrourbanizaciones es de ley y que, por ejemplo, si lo que se precisa es una depuradora, ésta se hará sin discusión alguna.
Pero para la oposición las cosas no se ven de una forma tan diáfana: se pone en seria duda que esos crecimientos, que califican como desorbitados, lleven consigo un mantenimiento de la calidad de vida de los moradores.
Éso, en resumidas cuentas, sería parte del meollo de la cuestión. Lo que pasa es que cuando hablo de gobernantes y opositores no estoy dando por sobreentendido que unos son los unos y los otros son los otros, es decir: en un determinado municipio se defiende la construcción masiva de nueva edificación desde la vitola de un determinado partido y desde otro se habla de exactamente lo contrario.
Ejemplo: en Lorca, uno de los municipios más extensos de toda España, gobierna el PSOE con mayoría absoluta. Allí, su equipo de gobierno está dispuesto a que se levanten, por de pronto, 35.000 viviendas mediante unos convenios que el PP -e IU- no ve con muy buenos ojos. Los socialistas lorquinos admiten discrepancias con la ejecutiva regional de su partido que denuncia al gobierno regional -del PP- por fomentar este tipo de iniciativas empresariales.
Versus. En Alhama de Murcia, donde gobierna el PP, una edil tránsfuga de ese partido votó con el PSOE e IU para que no saliese adelante un macroproyecto de la empresa inmobiliaria Polaris World, verdadero y milagroso emporio levantado en apenas cinco años por dos empresarios de la tierra.
Estos son dos botones de muestra de lo que está pasando en Murcia en estos últimos meses. Otras lecturas más profundas y atinadas seguro que se harán. Y no faltará quien diga que los socialistas practican una política de tierra quemada para acortar la distancia que, aseguran, las encuestas les dan con el PP gobernante: más de 20 puntos. Claro que para ayudarles en su pretendido asalto al poder no precisan amigos o compañeros de viaje como el que acaba de decir, desde la portada del principal periódico regional: “El PP volverá a ganar en esta región porque ahora no se visualiza una alternativa”. ¿Cómo? ¿Que quién lo ha dicho? No, no, no ha sido ningún militante popular desaforado ante las expectativas electorales. La frase, un tanto desconcertante para sus correligionarios, es del alcalde socialista de Lorca y tiene hondo calado.

Más viejos y más pobres

El mundo envejece mientras se estanca el crecimiento de la población. Eso dijeron los expertos reunidos en la localidad francesa de Tours para debatir sobre demografía en un Congreso Mundial. Concluyeron los dos mil especialistas que la tasa de natalidad media en el mundo será en 2050 de 1,8 hijos por mujer, con enormes diferencias entre el norte y el sur, mientras que la esperanza de vida aumentará también de forma más importante en los países en vías de desarrollo que en los desarrollados. Los menos desarrollados deberán afrontar un envejecimiento de la población de forma mucho más rápida, lo que les acarreará todavía mayores problemas. Hoy en día, el diez por ciento de la población tiene más de 65 años, un porcentaje que pasará a ser del 21 por ciento en 2040, por lo que los investigadores no dudan de que será uno de los auténticos problemas del siglo XXI. Pero ese incremento será más pronunciado en los países en vías de desarrollo, como China, donde entre 2010 y 2030 se pasará del 8 por ciento al 15 por ciento de mayores de 65 años, un paso que en Francia costó nada menos que un siglo. Por cierto que en este encuentro hemos sabido que en China tienen censadas en la actualidad a 7.000 personas con más de 100 años y que la India será en 2050 el país más poblado del mundo, superando a los propios chinos. Y una recomendación: dicen los especialistas en sus conclusiones que habrá que inventar algo para que los adultos de hoy no acabemos nuestra vida en la miseria. Vaya futuro que nos espera según los demógrafos, ¿no les parece?

La Torre de los moros y el mesón de la discordia

Ahora, como reza el dicho “a buenas horas, mangas verdes”, todos quieren salvar la Torre de los Moros de Alguazas. Todos se quieren erigir en sus defensores y luchar por la preservación de su entorno. Válgame Dios. O válgame Mahoma, para ser más exactos.
El ayuntamiento de mi dilecto pueblo quiere crear allí un centro de visitantes y restaurar sus elementos arquitectónicos “para promover el conocimiento y la valoración de los principales recursos culturales y naturales de la zona de la Vega Media”. Qué bien queda. Pero la cosa va más allá. Se pretende que en el futuro esta fortificación de reminiscencias almohades se convierta en una Oficina de Información Turística con una persona al frente que haga las veces de guía para los curiosos. Fantástico, genial, superior. Un primor primaveral.
Miren ustedes. Ya va siendo hora de que alguien hable claro, clarito, sobre la también llamada Torre del Obispo. A saber. A comienzos de los años 80, éste que suscribe recuerda una insigne visita del entonces egregio ministro de Cultura, Ricardo de la Cierva y Hoces, al municipio de Alguazas. Entre otros parajes, el señor ministro del Reino de España visitó la mentada Torre, acompañado de las primeras autoridades locales -repartidas entre los recién llegados gobernantes socialistas y los opositores de la extinta y timorata UCD- y junto a los corresponsales de prensa, entre los que se encontraba un casi imberbe aprendiz de periodista que escribía para el desaparecido y recordado diario Línea. Ego sum. Don Ricardo, genio y figura, llevaba a su grupa una especie de secretario provincial al que decía de forma cuasi mecánica: “Fulanito, apunta esto; fulanito, apunta lo otro”. El reputado historiador De la Cierva parecía un Cid conseguidor. Y a lo mejor hasta alguno se creyó, y lo soñó, que el ministro iba a solucionarlo todo de una tacada. Muy lejos de la realidad. Al final, la Torre se quedó como estaba y en muchos años no se invirtió un sólo duro en ella.
Tuvo que nacer una Asociación de amigos de la Torre para motivar a los responsables municipales de la época -hablo ya de mediados de los 90- en la encomiable empresa de revitalizar y, sobre todo, apuntalar una edificación que se caía a pedazos ante la indeferencia de muchos y la pasividad de casi todos. Ello, y tan solo ello, fue lo que salvó a la Torre de la demolición, del arrasamiento, de la destrucción a la que estaba condenada.
Ahora, hace relativamente poco tiempo, ha surgido desde la vindicación ecologista y naturalista una denominada Asociación Entrecauces para la Conservación del Patrimonio Cultural, Histórico y Natural de la Vega Media cuya gran preocupación estriba en las consecuencias finales que la construcción de un restaurante que se proyectó en su día cerca de la Torre tenga en la zona. La obra, aprobada hace más de tres años, se considera ilegal, porque dicen se halla en zona protegida y en un entorno catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC). Consecuencia de todo esto, los de Entrecauces han denunciado al entonces director general de Cultura, al equipo de gobierno que autorizó la edificación en 2002, así como al arquitecto municipal y a la propietaria y promotora del aludido mesón. Todo un rosario de acusaciones para todos los que, de una forma u otra, algo tuvieron que ver en el intrincado asunto.
No nadaremos contra corriente desde aquí para enarbolar una bandera anti-ecologista, simple y llanamente porque comprendemos que gracias a determinados colectivos que se abrazan a los postulados de la Naturaleza, el hombre no ha masacrado todavía más la riqueza de este perro mundo. Pero lo que sí que uno se pregunta a estas alturas de la película es: ¿Dónde estaban los ecologistas, tan defensores de lo cultural, histórico y natural, cuando la Torre de los Moros se derruía a pedazos ante la atónita mirada de tirios y troyanos? ¿Qué reclamaciones hicieron en aquel entonces a las autoridades culturales? ¿Qué denuncias presentaron ante la dejación que de hecho se hizo durante tantos años de una fortificación que data del siglo XII y cuya agonía era exasperante para todos cuantos sintieran algo por los vestigios de nuestros antepasados?
Es razonable defenderse de las injusticias. Lo que ya no lo es tanto es hacerlo desde el oportunismo y el desquite.

La tristeza de una huerta

Vuelvo hoy a escribir desde esta tierra seca, sedienta y apaleada, donde el forastero casi siempre vino a pacer y esquilmar, a hacer carrera y catapultarse cual saltador circense, que es éste un espectáculo como tal en el que acabará por convertirse, definitivamente, la política.
El campo, la otrora huerta de Europa, muere poco a poco, por inanición de unos hombres que dicen quererla pero que en el fondo abominan de ella. Se cortó el caudal, se echó el tablacho como dicen los que de verdad la aman -y la sufren- porque al señorito del cortijo se le puso en sus reales y, anda, que si quieres arroz ... Hasta los amigos del señorito, mire usted, le han recriminado su actitud. ¡Acabáramos! Los árabes, tan denostados luego, nos canalizaron y nos enseñaron a regar las tahúllas de las que muchos han vivido desde generaciones. Lo que antes fue vergel ahora es un páramo muerto, yermo, derrotado. El sabor del fruto, el color, el olor nos lo han cambiado con las modernas técnicas de abono y compuestos, pero es que ya ni eso: es que lo que nos viene es peor, es la extinción, la desaparición, la nada. ¿Quién se dedica a la agricultura, con lo que está cayendo? Mis amigos que lo hacían se trasvasaron al sector servicios y sus padres, labriegos de siempre, vendieron el bancal al mejor postor porque no había quien lo labrara. Así nos va. Huyendo con el negocio hacia el vecino de abajo donde la mano de obra está tirada de precio y donde las tierras, solo aparentemente, son más fértiles. Así nos va a los murcianos de dinamita que dijera el poeta, muerto en la mazmorra de la incomprensión y el aislamiento. Como nuestra huerta. Amén.

Los peces de colores

El 23-F de 1981 yo contaba con 18 años de edad. Creo que fue sobre la seis y media de la tarde cuando una amiga de la familia llegó a mi casa y nos dijo que unos terroristas habían asaltado el Congreso de los Diputados. En esos momentos la tele no contaba nada. La radio, tampoco. ¿Qué estaba pasando?
Cayó la noche y no se veía un alma por las calles de mi pueblo. Las emisoras de radio emitían música castrense y un amenazante bando de la Tercera Región Militar. La primera autoridad de esta Comunidad se encontraba en un lugar indeterminado desde donde intervino telefónicamente en la emisora en la que yo comenzaba a colaborar. El director, Adolfo Fernández, se puso al micrófono y lanzaba vivas a la Constitución. Era medianoche y había frío, físico y mental.
El Rey, al que se le esperaba con impaciencia, no comparecía. Al fin salió en televisión. Yo lo ví y lo escuché en un aparato en blanco y negro desde la habitación donde dormía en casa de mi tía. Me dormí después con la incertidumbre del desenlace final de todo aquello.
Al día siguiente me levanté, me arreglé, desayuné, cogí mi Seat 133 y me fui temprano a la emisora. Mi director distribuía el trabajo. A mí me mandó a la sede del Gobierno autonómico, al antiguo Palacio de la Diputación. Desde allí enviaba mis crónicas telefónicas sobre lo que pasaba. Por aquellos despachos rondaba Julio Feo, quien unos meses después sería mano derecha de Felipe González en la Moncloa. Entrevisté a Andrés Hernández Ros, el presidente regional, ya de vuelta en su puesto.
El intento de golpe se vino abajo. Tras ello se preparó la gran manifestación por la democracia que recorrió la Gran Vía de Murcia hasta desembocar en la Glorieta. Hubo unidad y calor humano. Y la intervención final fue leída por mi director, el de los vivas a la Constitución. Todo aquello lo retransmitimos íntegramente en Radiocadena. Estos días lo he recordado con cierta nostalgia. Ha pasado un cuarto de siglo. Fue un 23 de febrero de 1981, cuando yo tenía 18 años y aún creía en los peces de colores.